alimentación equilibrada

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En el post de hoy te damos unos consejos para que limpies tu cuerpo tras los excesos de una forma moderada y segura.

1. Apuesta por el verde

La lechuga de cualquier tipo, las espinacas, las judías verdes, las acelgas, los canónigos, las borrajas, la rúcula… Todos los vegetales verdes son ricos en antioxidantes, vitaminas, minerales y, sobre todo, fibra, que nos ayudará a limpiar el cuerpo de excesos. En nuestro plan de choque las ensaladas y los vegetales tienen que ser el elemento principal de la dieta.

2. Bebe agua de limón caliente

El zumo de limón es la base de todas las dietas detox. En sus versiones más radicales es lo único que se puede tomar durante una semana. Esto es una barbaridad, pero lo cortés no quita lo valiente: el zumo de limón tiene efectos beneficiosos para el organismo si se toma como complemento de una dieta ligera. Basta con tomar por las mañanas una taza de agua caliente con el zumo de medio limón. Esta bebida despierta suavemente el sistema digestivo y linfático, y ayuda a eliminar las toxinas del cuerpo. También ayuda a limpiar el hígado y hace que mejore nuestra digestión.

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3. Corta de raíz el consumo de azúcares y carbohidratos

Los azúcares y los carbohidratos refinados son el mayor enemigo de una alimentación saludable. Reducir su consumo a la mínima expresión es la forma más rápida de adelgazar y uno de los pilares fundamentales de la terapia de choque tras los excesos veraniegos.

4.  Sigue la regla del 80-20

Las dietas demasiado estrictas nunca funcionan. Una buena forma para asegurarnos de que nuestra desintoxicación sea un éxito es que cumplamos con ella al menos en un 80% de las comidas. Seguir una dieta muy estricta durante todo el tiempo es casi imposible, pero si logramos saltárnosla sólo en el 20% de las comidas, sus beneficios seguirán siendo importantes. Cuando comemos de forma saludable el 80% del tiempo, nuestro cuerpo funcionará como una máquina bien engrasada y los excesos en los que podamos incurrir tendrán un impacto inferior sobre nuestro organismo.

5. Bebe mucha agua

Se necesita mucha agua para eliminar las toxinas que acumulamos en nuestro cuerpo. ¿Cuánta? Tenemos siempre en mente la idea de que lo ideal es beber 2 litros al día pero debemos tener en cuenta que cuando hace calor debemos beber más, así como cuando hacemos deporte, y la ingesta debe variar en función de nuestra envergadura: cuanto más pesemos más agua necesitaremos. En general, no obstante, la ingesta nunca debe ser menor a 1,5 litros diarios.

6. Haz ejercicio con moderación

Nuestra ingesta de calorías debe ser acorde a lo que gastemos. Mantener un plan de entrenamiento con una alimentación limitada puede acarrear serios problemas, pues una dieta de este tipo no aporta el combustible adicional necesario para hacer deporte. Lo mejor es que aumentemos nuestra ingesta los días que hagamos más ejercicio y no nos planteemos objetivos de entrenamiento muy ambiciosos mientras seguimos una dieta de este tipo.

7. Elimina los alérgenos de tu dieta

Una de las principales ventajas de reducir nuestra dieta a la mínima expresión durante un tiempo es que podremos comprobar si algunos de los alimentos que tomamos habitualmente nos provocan alergia. Al seguir una dieta de este tipo nos será más sencillo identificar las comidas que nos sientan mal, o sobre las que tengamos sospechas, y podremos preguntar a nuestro médico al respecto (si todos los días comes de todo es muy difícil que descubras si algo te está provocando alergia).

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Cuando se trata de coger peso, o incluso de no perderlo, no hace falta irse más allá de la cocina para descubrir rituales poco saludables e inconscientes que ponen la zancadilla a una buena alimentación. Quizás de forma aislada no parezcan importantes pero al pensar en ellos como conjunto pueden explicar algún que otro suspiro sobre la báscula.

A continuación, seis costumbres que, desde la cocina, llevan a coger peso:

1. Utilizar los ingredientes ‘a ojo’ cuando se cocina o se hornea

Añadir un toque de aceite de oliva o una pizca de sal puede que funcione bien en los programas de televisión pero pueden contribuir a un exceso de calorías en nuestro menú. Por ejemplo, ese toque personal de aceite de oliva podría estar cerca de la cucharada sopera que pide la receta pero también nos acerca demasiado a añadir 100 o más calorías. Lo recomendable es utilizar tazas y cucharas de medidas al preparar las comidas.

2. Pasarse con la grasa

Se utilice el método que se utilice al cocinar es clave no emplear demasiada grasa, mantequilla o aceite. Si se emplea el horno se pueden poner sobre las bandejas láminas de papel de aluminio engrasadas muy ligeramente. También es conveniente emplear sartenes y ollas antiadherentes que permiten cocinar con muy poca cantidad de aceite y con ello dejar atrás muchas calorías de más.

3. Comer directamente del paquete

La costumbre de comer del paquete por ejemplo las patatas fritas o todo tipo de alimentos procesados suele conducir a un consumo excesivo de estos productos, en especial cuando los paquetes son grandes. Este mal hábito en la cocina altera la percepción de la cantidad de comida que se toma de una vez. Hay que intentar ser consciente de las raciones en los aperitivos que se toman determinando la porción a consumir antes de empezar al servirlo en otro recipiente. Los restos de comida es mejor guardarlos en varios envases más pequeños en vez de en uno muy grande.

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4. Dejar el resto de comida cocinada en la olla durante la cena

Es una rutina común: cocinas, te sientas a comer y dejas lo que no está en el plato en la cocina. Esta costumbre hace fácil volver a por una segunda ración que no necesitamos. Intenta establecer un nuevo hábito: antes de sentarte a cenar transfiere los sobrantes de las cacerolas y sartenes a contenedores y guárdalos en la nevera.

5. ‘Esconder’ las frutas y verduras en la cajonera auxiliar

Cuando algo está fuera de nuestra vista de alguna forma tampoco lo tenemos en mente. Prueba a mantener las frutas y verduras visibles. Almacénalas en la parte superior del frigorífico o incluso en un frutero sobre la encimera de la cocina. Estudios de investigación muestran que somos más propensos a consumir frutas y verduras cuando están fácilmente accesibles y visibles en la cocina.

6. Llenar el cuenco de ‘caprichos’ con aperitivos fáciles de picar

En muchas cocinas existe un recipiente lleno de dulces, frutos secos u otros aperitivos. Este plato suele ofrecer una satisfacción instantánea y un montón de calorías innecesarias. Si quieres perder peso de verdad elimina este cuenco o al menos llénalos con aperitivos que sean más difícil de comer en exceso. Por ejemplo, en un estudio, las personas consumieron un 41 por ciento menos de pistachos cuando se presentaron con su cáscara en vez de pelados.

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De frutas, hortalizas, verduras, frutos secos…Hoy en día los licuados se han convertido en una parte fundamental de una dieta saludable. Tomar zumos no solo nos ayuda a mantenernos en nuestro peso ideal sino que además nos aportan una gran cantidad de vitaminas y minerales para estar más sanas.

Si hace varios años cuando tomábamos un licuado sólo pensábamos en los tradicionales de naranja, zanahoria o manzana, ahora la carta de jugos abarca toda la variedad de ingredientes para que no nos cansemos de añadir a nuestra dieta este alimento que solo tiene ventajas.

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Justo el otoño es una época en la que los licuados se convierten en un gran aliado para evitar los resfriados. Al preparar las frutas y los vegetales de esta manera conservan el 100% de sus propiedades y, además, tomar líquidos ayuda también a combatir los constipados en los cambios de estaciones.

A primera hora de la mañana la energía que nos aportan los licuados es ideal si queremos hacer deporte y nos ayudarán a saciar el apetito durante más tiempo. Y, por si esto fuera poco, son perfectos para saciarnos entre comida y comida y nos ayudan a desintoxicar el organismo.

Así que para no aburrirnos de tomar zumos, os dejamos aquí algunos ejemplos de licuados deliciosos que podéis tomar a cualquier hora del día:

1. Para perder peso los de fruta son los más populares. ¿Qué os parece un delicioso batido de fresas o de plátano? Podéis echarle un poco de leche desnatada y sacarina si los queréis tomar como postre. Si no queréis convertirlo en batido podéis optar por añadirles zumo de naranja en vez de leche. Y también tenéis otras opciones más originales como el de melón a la menta, una elección muy refrescante.

2. Para las más atrevidas os sugerimos los licuados de frutos secos y cereales. Los de trigo inflado o los de almendras con leche de arroz y jengibre son deliciosos para la merienda o para antes de ir al gimnasio. Además, les podéis añadir la fruta que más os guste para realzar su sabor.

3. Para las amantes de las verduras la lista de ingredientes es infinita. Son los más acertados para eliminar toxinas. Podéis hacer licuados de pimientos, espinacas, acelgas, apio, etc. Lo ideal es mezclar las verduras con algunas hortalizas más suaves como la zanahoria o con jengibre para que tengan un sabor más agradable. Cualquier opción es válida.  

Como véis, es muy interesante añadir los licuados a nuestra alimentación, ayudan a saciar, desintoxicar y perder peso, siendo un alimento tan completo como pocos.

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En el post anterior os dimos una información básica para que podáis hacer dieta en verano sabiendo qué alimentos necesitáis comer para tener una alimentación sana. A continuación ampliaremos esa información para ayudaros  a reconocer cada grupo de nutrientes y qué tipo de dieta estáis siguiendo.

Carbohidratos

Los carbohidratos (o hidratos de carbono o glúcidos o sacáridos) son la principal fuente de energía en la alimentación y deben aportar aproximadamente un 55% del total. Apenas desprenden residuos y esto los convierte en los nutrientes preferidos por el cerebro y el sistema nervioso para obtener energía. Son economizadores de proteínas porque con una ingesta suficiente de ellos el organismo no necesita utilizarlas como suministro de energía y puede utilizarlas como material plástico, para construir y reparar sus  estructuras. También forman parte de los tejidos del organismo. Los carbohidratos tienen fama de engordar, pero el exceso de peso lo producen más las grasas que los carbohidratos.

Alimentos con altos contenidos en glúcidos: pastas, patatas, fibra, cereales y  legumbres. Podemos encontrar carbohidratos en los alimentos de origen vegetal porque los vegetales almacenan grandes cantidades de almidón producido a partir de la glucosa elaborada por fotosíntesis, y en menor proporción, lípidos (aceites vegetales). Podemos resumir que la glucosa se encuentra en las frutas y verduras; la fructosa en las frutas y miel; la sacarosa en la remolacha, caña de azúcar, en frutas y en verduras; el almidón en los cereales, tubérculos, legumbres, frutas y verduras.

Lo recomendable al día es tomar cinco o más raciones de vegetales verdes y amarillos y de frutas cítricas, y seis raciones que incluyan pan, cereales y legumbres. Tenemos que considerar que una ración equivale a media taza. Así reducimos las grasas y las calorías y aumentamos el consumo de fibra en la dieta diaria.

Si ingerimos fibra le estamos dando movilidad al intestino al aumentar el volumen y ablandar los residuos. Además sirve de lastre y material de limpieza del intestino grueso y delgado. Como retrasa la absorción de los nutrientes, evita las rápidas subidas de glucosa en sangre. También aporta un poco de energía al absorberse los ácidos grasos que se liberan de su fermentación bajo la acción de la flora intestinal. Respecto a la sacarosa, debemos tener en cuenta que su exceso sumado a la falta de higiene bucal puede dar lugar a caries.

Grasas o lípidos

Las grasas o lípidos constituyen otra gran reserva de energía para el organismo junto con los carbohidratos, de los que ya os hemos hablado, ya que
brindan 9 KCal (Kilocalorías) por gramo. Las grasas permiten la absorción de las vitaminas liposolubles (A, E, D y K), almacenan mucha energía y están formando parte de la estructura de las membranas celulares y como relleno de ciertos órganos. Además dan sabor y textura a los alimentos.

Los podemos dividir en ácidos grasos insaturados y ácidos grasos saturados. Los ácidos grasos insaturados pueden ser monoinsaturados y poliinsaturados. Son importantes como protección contra la ateroesclerosis (o arteriosclerosis) y contra el envejecimiento de la piel. Se encuentran en los lípidos de origen vegetal y en el pescado. Los encontramos en los aceites de girasol, maíz, soja, algodón y avena. Siempre que sometemos al calor a estos aceites, ocurre el proceso conocido como hidrogenación: cambiamos su configuración a aceite saturado, por lo que su exceso es nocivo para nuestra salud.

Los ácidos grasos saturados o grasas malas son más difíciles de unirse a otros compuestos y por esto es más complicado que sus moléculas se separen en otras más pequeñas. Debido a su gran tamaño no pueden atravesar las paredes de los vasos sanguíneos y quedan en su interior por lo que pueden formarse placas de ateroma dentro de las arterias, lo que conocemos como aterosclerosis (o arteriosclerosis). La aterosclerosis es un endurecimiento de arterias de mediano y gran calibre. Habitualmente causa un estrechamiento de las arterias que puede progresar hasta la oclusión del vaso impidiendo el flujo de la sangre por la arteria así afectada. Son ricas en ácidos grasos saturados: las grasas animales (tocino, mantequilla, etc.).

El colesterol es un lípido fabricado por el hígado que se encuentra en los tejidos corporales y en el plasma sanguíneo de los vertebrados. Además lo ingerimos porque abunda en las grasas de origen animal. La presencia excesiva de colesterol y de ácidos grasos saturados provoca problemas cardiovasculares y cerebrales por la aparición de la aterosclerosis. El colesterol y los ácidos grasos saturados no son solubles en agua y tienen que ser transportados por lipoproteínas. Estas penetran en las células por sus membranas y dejan en ellas las sustancias grasas. Otras lipoproteínas se encargan de la acción contraria, de transportar el colesterol sobrante de la célula al hígado para que éste lo elimine a través de la bilis. Lo recomendable es consumir alimentos pobres en colesterol y ácidos grasos saturados por lo que debemos intentar no consumir en exceso embutidos, vísceras, grasas animales (excepto el pescado), pasteles elaborados con huevo, leche entera, quesos grasos, bollería industrial, etc.

Proteínas

Las proteínas son los nutrientes necesarios para que el organismo repare y construya sus estructuras. El 18%-20% de nuestro peso en edad adulta está formado por proteínas almacenadas sobre todo en los músculos. Estos nutrientes están formados por aminoácidos. Algunos pueden ser sintetizados por el propio organismo, otros los tiene que aportar la alimentación. Los aminoácidos producen proteínas plasmáticas; sintetizan enzimas, hormonas, neurotransmisores; forman parte de la estructura básica de los tejidos (piel, uñas, tendones, músculos, etc.), los mantienen y reponen; y son la base de la estructura del ADN y del sistema inmune (de defensa) de nuestro cuerpo.

Las proteínas de origen animal están presentes en las carnes, pescados, aves, huevos y productos lácteos. Estas contienen mayor cantidad y diversidad de aminoácidos, por lo que su valor nutritivo es mayor que las de origen vegetal, pero son más difíciles de digerir.

Las proteínas de origen vegetal las encontramos en los frutos secos, la soja, las legumbres, los champiñones y los cereales. Si combinamos correctamente las proteínas vegetales (legumbres con cereales o lácteos con cereales) podemos conseguir un conjunto de aminoácidos equilibrado. El exceso de proteínas es tan poco recomendable como su escasez.

Se piensa que los alimentos ricos en proteínas animales contienen mayor número de toxinas y productos de desecho procedentes del metabolismo celular de los animales. Estas toxinas se pueden evitar consumiendo más proteínas de origen vegetal o aquellas de origen animal procedentes de los huevos, leche y sus derivados.

Llevar a cabo una dieta sana

Para hacer una dieta sana tenemos que tener en cuenta que los diferentes nutrientes se pueden agrupar de varias formas pero no todas son beneficiosas.
Aunque todos los nutrientes son necesarios para nuestro organismo, según consumamos mayor o menor proporción de cada uno de ellos obtendremos una
dieta diferente, y ésta puede ser o no beneficiosa para nuestra salud. Debemos conocer las proporciones correctas de cada alimento para una dieta equilibrada. Para ello os adjuntamos la pirámide alimenticia que os puede servir como guía dietética para que sepáis cuál debe ser la base de nuestra alimentación y qué productos debemos consumir con moderación.

Normativa de la OMS

La OMS (Organización Mundial de la Salud) ha establecido las siguientes proporciones para que no se produzcan desequilibrios:  

  • Los hidratos de carbono deben aportar al menos un 55-60% del aporte calórico total.
  • Las grasas no deben superar el 30% de las calorías totales ingeridas.
  • Las proteínas deben de suponer el 15% restante en la dieta. Aunque parece fácil de seguir, la dieta de las sociedades más desarrolladas no cumplen estas proporciones y el aporte de grasas y proteínas es mucho mayor de lo que debiera. Se recomienda reducir la ingesta de grasas saturadas por las poliinsaturadas y las monoinsaturadas que están presentes en el pescado y en los vegetales.

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De todas formas si consideras que necesitas más asesoramiento, ponte en contacto con nosotros para que nuestras nutricionistas valoren tus necesidades particulares.

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Estamos comiendo sano y nos hacemos una ensalada, una pechuga a la plancha y de postre un trozo de sandía. ¡Error! La sandía ha hecho que tu índice glucémico se dispare por los aires y, en cierto modo, el comer sano se ha visto desplazado por esa subida de azúcar.

Como ves, hablamos de algo llamado el índice glucémico (IG). Éste concepto surgió en los años ochenta cuando se observó que distintos alimentos con la misma cantidad de carbohidratos tenían efectos diferentes en el nivel de azúcar en la sangre. Con el mismo nivel de carbohidratos, los alimentos con un IG elevado producen fluctuaciones notables en el nivel de azúcar en la sangre, mientras que los alimentos con IG reducido provocan un aumento menor del mismo.

La velocidad a la que se digieren y asimilan los diferentes alimentos depende del tipo de nutrientes que los componen, de la cantidad de fibra presente y de la composición del resto de alimentos presentes en el estómago e intestino durante la digestión.

Estos aspectos se valoran a través del índice glucémico de un alimento. Dicho índice es la relación entre el área de la curva de la absorción de la ingesta de 50 gr. de glucosa pura a lo largo del tiempo, con la obtenida al ingerir la misma cantidad de ese alimento.

El índice glucémico se determina mediante un proceso que se basa en tomar cada poco tiempo muestras de sangre a una persona a la que se le ha hecho consumir soluciones de glucosa pura unas veces y el alimento en cuestión otras. A pesar de ser bastante complicado de determinar, su interpretación es muy sencilla: los índices elevados implican una rápida absorción, mientras que los índices bajos indican una absorción pausada. Este índice es de gran importancia para los diabéticos, ya que deben evitar las subidas rápidas de glucosa en sangre.

Los alimentos de elevado índice glucémico pueden ocasionar problemas como que al aumentar rápidamente el nivel de glucosa en sangre se segrega insulina en grandes cantidades, pero como las células no pueden quemar adecuadamente toda la glucosa, el metabolismo de las grasas se activa y comienza a transformarla en grasas. Estas grasas se almacenan en la células del tejido adiposo. Nuestro código genético está programado de esta manera para permitirnos sobrevivir mejor a los períodos de escasez de alimentos. En una sociedad como la nuestra, en la que nunca llega el período de hambruna posterior al atracón, todas las reservas grasas se quedan sin utilizar y nos volvemos obesos.

Posteriormente, toda esa insulina que hemos segregado consigue que el azúcar abandone la corriente sanguínea y, dos o tres horas después, el azúcar en sangre cae por debajo de lo normal y pasamos a un estado de hipoglucemia. Cuando esto sucede, el funcionamiento de nuestro cuerpo y el de nuestra cabeza no están a la par, y sentimos la necesidad de devorar más alimento. Si volvemos a comer más carbohidratos, para calmar la sensación de hambre ocasionada por la rápida bajada de la glucosa, volvemos a segregar otra gran dosis de insulina, y así entramos en un círculo vicioso que se repetirá una y otra vez cada pocas horas.

La obesidad y el apetito voraz son otras de las consecuencias de comer demasiados alimentos con un alto índice glucémico, y se ha sugerido que las dietas con un IG reducido pueden llevar a una pérdida de peso porque son muy saciantes. Más adelante, podrás ver una relación de alimentos con su índice glucémico para saber cuáles son los que lo tienen reducido y así podrás crear una dieta a base de alimentos con bajo IG que te ayuden a saciarte.


Seguramente a estas alturas te estés preguntando de qué depende que los alimentos tengan un alto o bajo índice glucémico, ¿verdad? Pues te damos unas claves que seguro que te sorprenderán:

– Para empezar, dependerá del propio alimento en sí mismo. Por ejemplo, una zanahoria (rica en hidratos) tienen un IG más alto que un cacahuete. ¿A que no lo esperabas?

– Influirá la cantidad de fibra que aporte ese alimento o la comida en general.

– Un factor básico será la proporción de hidratos y proteína de la comida. Así que según combinemos, podrá variar el resultado final. Hay que tener en cuenta que los hidratos suben los niveles de glucosa y las proteínas los disminuyen.

– Algo curioso: si una fruta está más madura, mayor es su IG. Para evitarlo, hay que intentar no dejar que la fruta se pase de madura. Sucede lo mismo conla pasta y los cereales; cuanto más cocidos (cuando quedan pastosos), mayor es su índice glucémico.

Conociendo el IG, éste nos resultará una herramienta muy útil para clasificar el impacto de los carbohidratos en el organismo. Para elaborar una dieta sana, lo mejor es incluir una mezcla apropiada de alimentos nutritivos con IG alto y bajo. Aquellos interesados en reducir reducir la carga glucémica (CG) general de su dieta deberían simplemente aumentar el consumo de alimentos con un IG bajo, como legumbres (alubias, guisantes, lentejas, etc.), frutas, cereales a base de avena y pasta o sustituir algunos alimentos con un IG elevado por alternativas con un IG menor (por ejemplo, consumir cereales de desayuno a base de avena, cebada y salvado o tomar pan con cereales en lugar de pan blanco). De este modo, mejoraremos la regulación del azúcar en sangre, reduciremos la secreción de insulina y ayudaremos a un programa de pérdida de peso.

Y no creas que nos olvidamos de facilitarte el IG de los alimentos más comunes. Ahí van unos cuantos y el resto puedes consultarlos en internet, siendo su valor aproximado:

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Si quieres cuidar tu alimentación, perder peso o cuidar tu diabetes, debes seguir una dieta sana y equilibrar los alimentos. Ponte en contacto con nosotros y te concertaremos una cita con uno de nuestros especialistas para estudiar personalmente tu caso.

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En un post anterior dimos las claves para preparar la piel para el sol y ahora, como prometimos, os daremos las claves para mantener el bronceado.

Es muy importante que conozcas qué fototipo de piel tienes (determinante de la reacción a la exposición frente al sol) para poder aplicar los consejos que dimos en el anterior post y para que a la hora de mantener tu bronceado, uses los productos adecuados, como los protectores y bronceadores solares.

Para saber el factor de protección solar (FPS) más adecuado a tus necesidades, identifica tu piel mediante la siguiente información:

  • Fototipo 0: Cabello canoso, ojos azules, piel albina, sin pecas y sin bronceado: en este caso, debe evitarse la exposición al sol.
  • Fototipo 1: Cabello pelirrojo, ojos verdes o azules, piel clara o sensible y bronceado mínimo: si este es tu fototipo, aplícate una protección extrema de FPS 30 durante los primeros días y luego pasa a la protección máxima de FPS 25.Si eres pelirroja, tus ojos son verdes o azules, tu piel es muy clara o sensible y tu bronceado, mínimo.
  • Fototipo 2: Cabello rubio o castaño, ojos claros, piel clara de pocas pecas y bronceado del mismo tono, con alto grado de sensibilidad: en los primeros días conviene aplicar un FPS de 20 y después pasar al número 15.
  • Fototipo 3: Cabello rubio, ojos pardos, piel clara o mate y bronceado clarito: recomendable usar al principio un FPS 12 y los días siguientes pasar a un FPS 10.
  • Fototipo 4: Cabello castaño, ojos oscuros, bronceado intenso, piel mate sin pecas y poca sensibilidad: es conveniente iniciarse con protección media de FPS 8 para continuar con el número 6.
  • Fototipo 5: Cabello castaño oscuro, ojos oscuros, bronceado muy intenso, sin pecas y poco sensibles: requieren primeramente un FPS 6 para después pasar al FPS 4.
  • Fototipo 6: Cabellos, ojos y bronceado negro y piel sin pecas: para este tipo de piel la protección casi no es necesaria, aunque es bueno quelos primeros días use protección mínima (FPS 4) y el resto de los días un hidratante para piel normal.

Y por si alguna vez te has preguntado cómo determinar el número de FPS, te lo contamos: un FPS 25 hace que la persona que lo emplea tarde 25 veces más en quemarse de lo que lo haría si no lo llevara. Es decir, si tu piel enrojece después de estar cinco minutos al sol, usando un protector 25 (25×5) tardará 125 minutos en volverse roja.

Es importante tener en cuenta que nuestro organismo es inteligente y que nuestra piel es capaz de adaptarse a las distintas condiciones climatológicas, tornándose, por ejemplo, más gruesa para protegerse del sol. El proceso de bronceado supone una deshidratación muy fuerte y una producción de colágeno de mala calidad. Para proteger los daños y mantener el bronceado, es básico que:

  1. Hidrates tu piel aplicando un after sun o un producto natural como la manteca de karité. Después de un buen baño de sol, no hay nada como una ducha corta, un secado con toalla suave y la aplicación de la crema corporal o manteca de karité. Con estos productos, conseguiremos calmar y reestructurar la piel tras la exposición solar. Conseguiremos una piel más suave, fina y menos sensible. El mejor aliado para la piel será una ducha corta y tras secarla con una toalla suave podremos aplicar una leche corporal o manteca de karité.
  2. Te hagas una exfoliación con regularidad. Lo ideal es hacerlo una o dos veces por semana, tanto a nivel facial como corporal. Con una exfoliación conseguirás deshacerte de las células muertas de la piel y conseguir un cutis uniforme y regenerado. Con la exfoliación o peeling el bronceado se atenuará un poquito pero la piel ganará uniformidad, tendrá menos manchas y será más suave.
  3. Bebas agua a menudo y mantengas una alimentación sana con muchas frutas y verduras. Seguro que habéis oído más de una vez que la zanahoria ayuda a mantener el bronceado, y es cierto, pero también hay otros alimentos que lo hacen, como los tomates, los albaricoques, los melones (todos estos ricos en betacaroteno, como la zanahoria), las alcachofas, las berenjenas, el apio, el brécol y las espinacas (ricas en zinc, sicilio y vitamina A) y los frutos secos. Algo que hidrata mucho la piel es el agua, así que procurar beber bastante, verás como tu piel lo agradece y tu bronceado luce mucho más.

Todo lo que te contamos ahora y en el post anterior es para evitar los daños que causa el sol en la piel y evitar los efectos nocivos como la hiperpigmentación, las pecas, la sensibilidad y el envejecimiento prematuro. Es muy importante que recuerdes que si abusas del sol puedes causar daños dramáticos que pueden acabar derivando en un cáncer de piel. Y aunque nadie quiere pensar en eso, hay que ser realista y consciente de que tomar más sol del debido puede causar esta cruel enfermedad.

preguntameSi quieres más información o deseas reservar ya un cita para un tratamiento que prepare tu piel para el verano, sólo tienes que hacer click aquí. Gracias por leernos.

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